sábado, 17 de febrero de 2018

Sucre I 75 Km


Potosí-Sucre 156 Km: 75 Km en bicicleta- 81 Km en camioneta.







Salí de Potosí sobre las 13 horas. Después algunos días sin pedalear, cogí la bici con ganas.
Para salir de Potosí tuve que subir un pequeño pero empinado cerro. Eran 156 Km de distancia donde uno empezaba a 3900m en Potosí y terminaba a 2800. Un buen recorrido, ya que a pesar de que la carretera tenía toboganes se iba bajando progresivamente.

Nada más dejar el núcleo urbano y aparecer en campo abierto, algo de color rojo y azul bastante llamativo y en un lateral de la carretera, llamo mi atención. Al lado de esos colores, había un grupo de personas, algunas sentadas y otras en pie. Eran agricultores pisando y secando chuño.
Como en otra entrada expliqué. El chuño son patatas de pequeño tamaño secándose al sol. El azul y rojo llamativo eran grandes plásticos donde depositaban las patatas. Otras se secaban directamente en el suelo.

El Chuño o Chuno como lo las llaman aquí. El chuño es uno de los elementos centrales de la alimentación indígena y, en general, de la gastronomía de la región altiplánica de América del Sur, particularmente de Bolivia y del Perú, En realidad se somete a la patata a diferentes periodos de exposición al sol y heladas, al final la patata termina perdiendo su agua. Para la chuñificación se extienden en suelo plano, cubierto de pajas, dejándose congelar por la helada, durante tres noches aproximadamente. Luego se retiran del lugar donde se congelaron, se dejan al sol y se procede a pisarlos para eliminar la poca agua que aún conservan los tubérculos ya congelados.
Después de este proceso se vuelven a hacer congelar una vez más. Resulta que la patata así tratada puede ser conservada incluso por años.





































Hay dos variantes, el Chuño» o «chuño negro» y la «Tunta», «Moraya» o «chuño blanco».
En realidad de las patatas de Perú y Bolivia podría hablar horas. Allí tienen una gran variedad en tamaños, formas sabores y colores. Amarillas, alargadas como pepinos, rojas y gordas, naranjas. En realidad son casi infinitas.
Estuve un rato hablando con los agricultores. Una de ellas pisaba en ese momento las patatas en una especie de barreño enterrado en el suelo, que estaba fabricado con restos de caucho de alguna rueda. 

Continué mi viaje dejando atrás a aquella mujer que bailaba sobre las patatas con sus pies descalzos. El día era radiante como casi todos en el invierno andino.
Recorrí la carretera recreándome en las laderas verdes que me daban la bienvenida. Paré una vez a comprar bebida y algo de comer.
Después de 75 Km un todoterreno pick up redujo su marcha hasta la velocidad de mi pedaleo. Me saludaron con efusividad. Paramos ambos y entablamos un conversación.
La camioneta era un todo terreno de color azul marino, llantas rojas y techo blanco. Tenía unas letras en amarillo y naranja en el lateral de sus puertas. “Hermelinda Express” decía . Eran cuatro en el vehículo: una pareja y un joven de unos veintipocos años que tenía un pequeño de unos 6 o 7. Se dedicaban a una especie de circo ambulante y de entretenimiento en diferentes eventos, ya fuera cumpleaños comuniones o lo que se terciase.





Resultaron ser muy simpáticos y totalmente atípicos a cualquier persona que me había encontrado en mi viaje. Ella se llamaba Hermelinda como la camioneta y hacían un pareja graciosa y bien parecidos.
 Se ofrecieron a llevarme a Sucre en su camioneta ya que ellos volvían de Potosí de realizar una actuación y regresaban a Sucre donde vivían. Mi viaje había terminado en el Salar de Uyuni. Era el final de mi recorrido. Todo lo añadido era una prorroga antes de marcharme a La Paz a coger mi vuelo. Como el tiempo era escaso y mi avidez por conocer enorme, acepté el ofrecimiento, sabiendo que esto me haría ganar una noche ( que iba a pasar entre Potosi y Sucre). De esta manera llegaría a Sucre esa misma noche.
















































El viaje fue muy entretenido y duró más de lo esperado. Primero porque eran carreteras de un solo carril por sentido y muy sinuosas. Luego porque de vez en cuando tuvimos que parar porque las pastillas de freno se recalentaban y el coche no frenaba. Y como he dicho antes, en un recorrido de toboganes a veces tocaba bajar bastante y eso de ir sin frenos era peligrosillo.
Entre parada y parada jugábamos a hacer malabares que curiosamente a mi no se me da nada mal, al igual que los equilibrios. El joven con su hijo viajaban en la parte de atrás, en la caja del camión. Iban tapados con mantas. Yo me ofrecí a viajar así pero no hubo manera. Por lo visto ellos estaban acostumbrados a ir en la caja. A mí no me hubiera importado, pero me ofrecieron uno de los tres asientos delanteros. Digo delanteros, pero en realidad no hay traseros. Solo que los que hay como única línea son enormes.
En una de las paradas el joven padre de cuyo nombre no me acuerdo, me enseñó un monociclo que no podían usar porque estaba pinchada la cámara. Así que les regalé mis dos cámaras de repuesto que me quedaban y muchos parches modernos de esos que se pegan y ya está. El joven padre estaba encantado con mi regalo. Puso una cámara de 26 en una rueda de unas 20 pulgadas mucho más pequeña. La cámara se plegó dentro de la cubierta pero una vez inflada cumplía su función. Y allí mismo en el arcén de la carretera se marcó unos equilibrios imposibles en su monociclo.
De esta manera les podía devolver algo el favor. Aunque me da rabia no acordarme del resto de los nombres. Es lo que pasa cuando uno escribe el blog muy poco a poco, jaja.

Por el camino paramos para ver el antiguo puente de Sucre sobre el río Pilcomayo. Una autentica joya colgante.
Ya de noche llegamos a Sucre y me ofrecieron pasar a su casa que era grande y con un gran patio interior. No quise entretenerme más y me despedí de ellos dándoles una vez más las gracias. Me dirigí al centro en busca de hospedaje.
Me quede en hostal muy chulo con una habitación estupenda. Hoy tocaba a lo grande y la ciudad lo merecía.
Después de alojarme salí a cenar, pero antes tuve tiempo de tomar el pulso a la ciudad. Mucha gente paseaba y daba alegría a la a la población de Sucre. Gran cantidad de puestos callejeros servían todo tipo de comida, entre ellos destacaban los de hamburguesas de carne, huevo y vegetales. Me tomé un par de estas.
Era una suerte que mi hotel estuviera muy cerca de la Plaza 25 de Mayo, justo en el centro de Sucre, ya que de un vistazo rápido me hacía una idea de la ciudad.

Preciosa apareció ante mí la Basílica de San Francisco de Charcas con su fachada blanca, al igual que muchos edificios y casas de Sucre son de ese color. Por algo a Sucre también se le llama la ciudad blanca. Incluso de noche se apreciaba esa blancura en su arquitectura. Algo que al día siguiente vería mucho más resplandeciente con la luz del sol.
También pude apreciar la perfección y belleza de la fachada del Gobierno Municipal. Un poco más allá emergía la Catedral Metropolitana de Sucre.
 Una ciudad maravillosa, hay que tener en cuenta que en Sucre nació Bolivia.

Sucre es la capital histórica y constitucional de Bolivia además de ser sede del Poder Judicial del país. Es también capital del departamento de Chuquisaca. En Sucre se resume la historia de Bolivia colonial, desde sus orígenes más antiguos.
Antes de la llegada de los españoles, la ciudad de Choquechaca tenía autonomía propia con respecto al Imperio inca (los charcas fueron el único pueblo que no pagó el rescate del cautivo Inca.
Sucre tiene hoy en día cerca de 300000 habitantes.
El nombre de la ciudad proviene de uno de los personajes más importantes en la etapa de independencia de Bolivia, Antonio José de Sucre. Este es originario de la Venezuela actual.

 El título de «Patrimonio Cultural de la Humanidad», le fue dado a Sucre en 1991 por la UNESCO. Es la segunda ciudad en Bolivia que recibe esta distinción después de Potosí (1987). A raíz de este reconocimiento nace el Plan de Rehabilitación de las Áreas Históricas de Sucre.

Me fui al hostal a dormir cansado en un día muy completo.



































































A la mañana siguiente después de desayunar, bajé a la calle y la blancura de la ciudad de Sucre me sorprendió a la luz del día. Es una de las ciudades de arquitectura hispánica mejor conservadas en América, con calles empedradas, fuentes , iglesias antiguas, casas techadas con tejas de arcilla y con paredes blancas, características del diseño colonial. Una maravilla.

 Estuve viendo una vez más la Basílica de San Francisco de Charcas, impolutamente blanca y preciosa. Pero mi primer recorrido de ese día era ir al mirador de La Recoleta, desde donde se pueden apreciar unas hermosas vistas de Sucre.
Dejé las alforjas de la bici en el hotel pero me llevé mi bicicleta y mi cámara. Una empinada pendiente me llevaba hasta el mirador. Por el camino cientos de colegiales inundaban las calles para ir al colegio con su uniforme rojo. Luego por otras zonas vería otros colores de uniforme, pero estos deberían ser del mismo colegio. Los niños se entretenían en comprar cosas en puestos callejeros antes de entrar a clase. Allí también se encuentra el Monasterio de la Recoleta y los famosos porches de la plaza de Anzúrez, desde donde se aprecian las mejores vistas de Sucre.

Hice algunas fotos de e este estupendo mirador y luego me fui directamente hasta la estación de autobuses de Sucre para comprar mi billete a La Paz. El autobús salía al día siguiente por la noche. Todavía me quedaba el día entero y el de mañana, ya que al salir de noche me daba la oportunidad de disfrutar de Sucre bastante tiempo.

Mientras volvía en bicicleta al centro pensaba en la fascinante historia de Sucre.

Primera ciudad de Bolivia El 29 de septiembre de 1538, una expedición española proveniente de Cusco (Perú), dirigida por Gonzalo Pizarro, tomó la ciudad de Choquechaca, capital del Señorío de los Charcas La ciudad fue también conocida como Choquechaca (nombre originario del pueblo charca, hasta 1538), La Plata (1538-1776, durante el Virreinato del Perú), Chuquisaca (1776-1825, durante el Virreinato del Río de la Plata), La Ilustre y Heroica Sucre (desde 1825, a partir de la República, en honor al Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre) y otros nombres como «La Ciudad Blanca», «la Vieja» o «la Culta».

Sucre se encuentra a 2798 de altura en una cabecera de valles de clima cálido y seco. Está en medio de las tierras altas de la meseta andina y las tierras bajas de los llanos del Gran Chaco, límite entre los sistemas hidrográficos del Amazonas (ríos Chico y Grande) y los del Río de La Plata (Cachimayu y Pilcomayu). Las cadenas montañosas de Los Andes pierden altura y proveen un clima cálido y seco a este valle.

Tierra de frontera entre el Imperio incaico y los pueblos inconquistables de las tierras bajas, optó por someterse a los conquistadores castellanos al mando de Pedro Anzúrez en lo que hasta entonces se había llamado Choquesaca, transformándose a partir de ese momento en la nueva Villa de la Plata de la Nueva Toledo.
En los primeros años de dominación española, la ciudad sobrevivió a las luchas fratricidas entre las huestes de Pizarro y de Almagro, que prácticamente diezmaron su población. En 1555, el emperador Carlos V le dio el rango de ciudad y le concedió la Cruz de San Andrés como estandarte, reconociendo la legitimidad de su gobierno local y otorgando la administración sobre la explotación de la plata de las minas de Porco descubiertas en 1545, en Potosí.
En 1559 la ciudad se transformó en sede de la Real Audiencia de Charcas por orden de Felipe II,
























Una vez en el centro volví a los alrededores de la Plaza 25 de Mayo. Allí aprecié una vez más la belleza de la Casa del Gobierno Municipal. En la plaza también se encuentra un monumento que homenajea al general Antonio José de Sucre considerado como uno de los militares más completos entre los impulsores de la independencia sudamericana. El Gran Mariscal de Ayacucho, fue un político y militar venezolano, , así como un diplomático y estadista, presidente de Bolivia, Gobernador del Perú, General, Jefe del Ejército de la Gran Colombia y Comandante del Ejército del Sur.

En la Plaza del 25 de Mayo me senté en un banco y recordaba parte de la Historia de Bolivia:

Revolución de Chuquisaca Cuando Napoleón ocupó España entre 1808 y 1814, los chuquisaqueños concluyeron que «ni el Imperio es tan fuerte como se creía, ni las colonias tan dependientes como se pretendía» y decidieron tomar el camino de la libertad un 25 de mayo de 1809.
 El 6 de agosto de 1825, tras 15 años de lucha sangrienta, firmaron en el aula magna de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca, fuertemente impregnada de los ideales de la Ilustración, la Constitución de la nueva República, Soberana e Independiente. Ese mismo día Jaime de Zudáñez fue liberado. La Revolución de Chuquisaca, es conocida como el «Primer Grito Libertario de América» y «la chispa que encendió la lucha libertaria de América».
Tan pronto es derrocado el gobernador de Chuquisaca, se envía emisarios del movimiento Republicano por todos los confines del virreinato de La Plata. En Potosí y La Paz, pequeños grupos realistas temen el rápido descontrol de la situación y optan por solicitar el apoyo del virreinato del Perú El virreinato del Perú, invade al virreinato de La Plata ya que este se encuentra debilitado por el asedio portugués y opta por enviar un ejército contra la Audiencia de Charcas y otro contra la Capitanía General de Chile.
Años y años de lucha y diferentes guerras de guerrillas contra el virreinato peruano desembocó en 1825 con la firma del acta de fundación de la República de Bolivia en la histórica Casa de la Libertad.
En 1839, después de que la ciudad se convirtió en la capital de Bolivia, fue rebautizada en honor del héroe venezolano Gran Mariscal de Ayacucho Antonio José de Sucre. Problemas internos hicieron que la administración pública se trasladara de hecho a La Paz en 1899 convirtiéndose esta última desde entonces en sede política y de facto de los poderes Ejecutivo y Legislativo después de una guerra civil entablada entre los poderes económicos de la plata y el estaño.
En 1991, Sucre fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.







 Después de pasear por el centro me fui a una de las visitas que más esperaba en Sucre, la del impresionante Mercado de los Campesinos.
Ese día fui por primera vez, pero al día siguiente volvería a visitarlo.
El mercado merece una entrada completa ya que es impresionante. Es es el mercado más grande en Sucre. Numerosos campesinos de Sucre y alrededores cercanos y lejanos venden sus mercancías en este maravilloso mercado callejero. Pero habría que decir en honor a la verdad que son cientos de campesinas las quedan el pulso al mercado, mujeres con sus hijos a cuestas vendiendo y comprando polleras, sombreros, tamarindo, anticucho, aguayos, frutas que llegan del Amazonas, que está a algunas horas de camino nada más, calabacines, tomates, pimientos, melocotones, melones, albaricoques, fresas, cerezas y mil cosas más… Una auténtica maravilla de mercado!




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